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Camino público las Zorreras o las Tejoneras

Nos encontramos a las diez de la mañana en la estación de ferrocarril de las Zorreras para iniciar la marcha. El día estaba nublado, por la noche había llovido y la previsión era de lluvia, pero los camineros sabemos que una especie de bula nos protege, y que la marcha se desarrollaría sin contratiempos importantes.

Nos dirigimos hacia la puerta de entrada del camino, por el laberíntico mosaico de calles y casas, hasta llegar al umbral del camino, ahora expedito. Para que cuando recorráis el camino de nuevo, no os cueste llegar a la entrada, la dirección es Avenida del Monte, 12


Entonces José Luis, nos contó que e tienen registros de este camino desde el año 1868 cuando se le denomina Senda
de Las Zorreras. Después, en el año 1877, aparece con el nombre de Vereda de Las Zorreras y, ya más cercano a la actualidad en el año 1943, Camino de Las Zorreras, aunque se le conoce de manera coloquial como Camino de Las
Tejoneras.

En 1868, el camino iba desde Puerta Verde, atravesando la finca de Las Zorreras hasta la Puerta de Las Zorreras de la Cerca Histórica. Comunica la Puerta de Las Zorreras, Cerca Histórica, con el Camino de Navalquejigo.

La Cerca Histórica de El Escorial (Madrid) es una pared de piedra seca que marca los límites del Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial. Su
trazado tiene unos 51 kilómetros de longitud y abarca un área de unas 9960 hectáreas, comprendiendo los territorios de los municipios de El Escorial y San Lorenzo de El Escorial, así como parte de los de Santa María de la Alameda, Zarzalejo, Valdemorillo, Colmenarejo, Galapagar, Collado Villalba, Guadarrama y parte de la provincia de Ávila.
El estado general de la Cerca Histórica es bastante lamentable, incluida en la lista roja de Hispania Nostra https://www.hispanianostra.org/lista-roja-la-mitad-de-la-cerca-historica-de-felipe-ii-de-el-escorial-esta-en-ruinas/. A pesar de que aún quedan partes en buen estado y otros elementos patrimoniales que forman parte de la propia Cerca: pasos de agua, saltaderos para caza mayor, puentes históricos, puertas y pozos de nieve.

En 1561, el rey Felipe II eligió El Escorial como emplazamiento del monasterio, mausoleo y palacio que deseaba construir en memoria de la victoria de San Quintín y dedicado a San Lorenzo. Con el propósito de dotarlo de un entorno natural que sirviera de prolongación natural de los jardines reales y monacales, compró una serie de propiedades aledañas que más tarde conformarían el llamado Bosque Real. Estas propiedades fueron adquiridas en dos etapas diferenciadas: “La Herrería” y “La Fresneda” en 1563 y “El Campillo” y
“Monesterio” en 1594.
Con el doble objetivo de delimitar el Bosque Real y evitar la salida de la caza mayor y la entrada de intrusos, Felipe II ordenó construir una pared de piedra seca que rodeara todo el conjunto.
Las dos intervenciones más importantes de sus sucesores fueron las de Felipe III y, sobre todo, Carlos IV.
Entre 1788 y 1791 realizó una reforma integral, uniendo los tramos de las diferentes propiedades y unificando el aspecto general de la pared. Reformó las puertas existentes y abrió otras nuevas, y cerró el coto por su parte noroeste para evitar la salida de la caza. Finalmente, definió los Bosques Reales como un todo, la Cerca como Pared Real, y a San Lorenzo de El Escorial como Real Sitio en 1793.
Con la llegada de Fernando VII, se produjeron transformaciones en la estructura de la propiedad.En 1837 expulsaron a los monjes Jerónimos de El Escorial, quedando los Bosques Reales bajo control patrimonial de la Corona. El terreno se dividió en pequeñas parcelas administradas como explotaciones agrícolas y ganaderas en régimen de arrendamiento.
El último gobierno de Isabel II intentó recuperar la propiedad de los terrenos, pero éstos fueron vendidos y, finalmente, quedó un marco territorial dividido en unas ochenta propiedades.

Continuamos por el camino, disfrutando de una de las dehesas mejor conservadas de nuestro entorno, con unas vistas espectaculares a la sierra, que se veía cubierta de un manto nival que lo alegraba todo, y al frente el monasterio de El Escorial, el monte Abantos… Un lugar de ensueño para el disfrute de la gente del común, como siempre fué este camino que conducía a Navalquejigo.


El sol, hacía ya tiempo que nos acompañaba, bañando con su luz un paisaje paradisiaco.

Cuando el sol nos abraza, sobre todo en primavera y otoño, hace destacar cualquier detalle. Las formas más habituales cambian de aspecto pareciendo seres u objetos diferentes.

Las encinas, las rocas, el musgo, los líquenes… todo se envuelve en una capa mágica que les hace cobrar otra vida.

También nuestro humor y nuestra esencia cobra una energía inmensa e inmediata.

Continuábamos por la senda sin desviarnos, a pesar de que una señora nos recordó que no podíamos salir del camino. Para nuestro alborozo nos cruzamos con otros caminantes que hacía el camino en sentido contrario.

Raamón García Ada, nos hizo algunos comentarios, primero, que la encina, muy posiblemente, es el árbol más representativo de España, ya que forma los bosques que ocupan una mayor extensión, ya sea en forma de encinares o de dehesas, y sobre todo tipo de terrenos, silíceos, calcáreos o, incluso yesíferos. Luego, aprovechando la amenaza de lluvia, explicó algunas propiedades del agua que la hacen imprescindible para el desarrollo y mantenimiento de la vida sobre la Tierra.

Llegamos al fin, al extremo del camino, en la puerta, habitualmente, también ponen carteles de propiedad privada o prohibido el paso, para disuadir a transehúntes el uso del camino público. Malos usos, mala gente, que por la vía de los hechos rescinde el derecho a transitar un camino público, no obstante, la puerta se puede abrir y no tiene candado.

Continuamos nuestra marcha disfrutando del paisaje.

Nos detuvimos en una espectacular y centenaria encina, para guardar en la memoria bajo su manto protector, del inmenso regalo que la naturaleza nos proporciona, los caminos que gracias a nuestros antecesores recorremos, los excelentes momentos que pasamos juntos los camineros y camineras y todo lo que aprendemos del grupo y de nuestro entorno; prometiendo hacer lo que de nuestra mano sea posible por conservar este patrimonio para las próximas generaciones.