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Monte del Ejido Mayo 2026

En plena ola de calor, nos encontramos las y los camineros, prestos a recorrer otro aspecto del Monte del Ejido. José Luis Soriano dirigía la marcha y, atinadamente, decidió anticipar la convocatoria de la salida una hora antes.

Estábamos encantados de encontranos, no sin cierto temor por la canícula que nos esperaría en la jornada. José Luis tomó la palabra y propuso que, para evitar el calor, las personas intervinientes que explicaran el contexto de los lugares, históricos, biológicos y la vegetación; redujeran al máximo el tiempo de exposición con el fin de regresar lo más pronto posible.

Ante el acuerdo de todos, nos pusimos en marcha, para, en la primera parada, admirar un alcornoque que se había abierto paso en un roquedo, para asentarse más tarde y ofrecernos el espectáculo de un excelente ejemplar en un sitio, digamos, no muy adecuado. La escena era el testimonio de la poderosa fuerza de la vida, cuando se empeña en salir adelante y los hitos naturales o los humanos, no cercenan su desarrollo. Testigo también, de cómo algo tan bello, que puede sobrevivir en un entorno hostil natural, puede ser tan ignorado por sus vecinos humanos.

Continuamos nuestro camino, preguntándonos si es posible congeniar las actividades humanas con un equilibrio del entorno natural, mascullando posibles soluciones imaginarias, a las que somos incapaces de encauzar como sociedad y, ni tan siquiera, facilitar un debate cultural sobre la importancia estética del entorno. El beneficio se ha erigido como dios plenipotenciario, que exige entregar otros mundos posibles a la acumulación del poder económico.

El sol, su luz fuente de vida, que nos entrega gratis la naturaleza a diario, disipó estas elucubraciones, para dar paso a la tierra que podemos pisar si queremos; a los caminos, que afortunadamente continúan siendo públicos, para adentrarnos al medio natural que nos ofrece lo que todavía sustenta la vida, la vegetación y la fotosíntesis, motor original de la biodiversidad y de las especies animales, incluida la humana, a la que toda la ingeniería no ha sido capaz de copiar, pero a la que seguimos menospreciando, y, en muchos casos, propiciando su aniquilación.

Paramos un momento para comentar que estábamos en el Cordel de Cerrastrilleros, con unas hermosas vallas de piedra seca (es perturbador; se dá por cierto, que nuestros predecesores eran más toscos, sin embargo, tenían un gusto exquisito que no le pegaba patadas al paisaje que les rodeaba), es una vía pecuaria que viene de Colmenar y llega hasta Torrelodones. Detrás de la valla de piedra seca se encontraba un colmenar reconstruido con mucho amor por alguien que todavía aprecia y conserva las colmenas, herencia de nuestros predecesores, apoyo a su sustento y catalizadores de la reproducción vegetal.

Más adelante empieza otra vía pecuaria que va al valle de la Tenada al que nos dirigíamos hacia el este.

Ese caminito que veíamos lo han abierto hace muy poco y fuimos con él hasta la pista de Navalvillar, para llegar más tarde a una de las joyas de Hoyo que se llama el Arroyo Maninas, vamos a evitarlo porque es una zona de especial protección  y no es lógico pasar grupos tan numerosos.

Destacar que hay chumberas, y es una curiosidad. Aquí predomina el bosque mediterráneo hay zonas del encinar, enebros, jara, retama… También hay una un nido de águila Imperial  que lleva criando varios años.

En otra parada, José Luis comentó la devastación que supuso para Hoyo cuando entre los años 40 principios de los 50, se expropiaron las zonas con mejores pastos por una miseria, lo que comportó para el pueblo la imperiosa necesidad de buscarse la habas en otro lado, muchos de su habitantes emigraron. Essas tierras fueron ocupadas por el Ejército.

Hoy en día es la sede de la Academia de Ingenieros de Hoyo de Manzanares. Ésta se instaló en el municipio en 1986 y posee una Biblioteca histórica y Museo muy interesantes, por ejemplo, hay una maqueta de Cartagena de Indias del intento de asalto de los de los ingleses. Se puede concertar la visita.

El acuartelamiento, situado dentro de un perímetro vallado de unos 4.650 m en este parque natural de la Cuenca Alta del Manzanares, tiene una superficie aproximada de 84 ha y limita al norte y al este con el campo de tiro y maniobras de El Palancar. Dentro del campo de maniobras se encuentra la atalaya del Collado de la Torrecilla, propiedad del ejército de Tierra, de la que sólo quedan vestigios. Es una de las atalayas defensivas árabes de la Sierra de Madrid. Con el nombre de atalayas se hace referencia a un conjunto de torres que controlaban el paso a las vías de comunicación y valles habitados en época islámica.

El conjunto de atalayas en la Sierra de Madrid formaba parte de un sistema defensivo y organizador del territorio determinado en la Marca media del al-Ándalus, y que durante el emirato y califato cordobés constituyó la frontera entre árabes y cristianos. No en vano, el término Jarama deriva de un vocablo bereber que significa río de frontera o de nadie. Estas atalayas fueron construidas entre los siglos IX, durante el emirato de Muhamed I de Córdoba, y X, en la época de Abd al-Rahman III.

Continuamos la marcha hacia el alto de la Solana, bajo un sol impertérrito e inmutable a nuestra fatiga. ¡Qué bien puesto estaba el nombre del alto!

Allí procedimos a devorar nuestras viandas y saciar la vehemente la sed acumulada.

Salimos al poco a terminar la marcha y disfrutar de la ansiada cervecita a la sombra que prometía cerrar la jornada.