Pocos fuimos los valientes que, afrontando las altas temperaturas y la calima reinantes en la Comunidad de Madrid, nos aventuramos a seguir a nuestro guía, Jesús, por las empinadas sendas del monte Abantos.

Pero mereció la pena, como siempre que nos acercamos a las tierras escurialenses. Tras dejar los coches a los pies del antiguo Gran Hotel de Felipe II y de la presa del Romeral, callejamos un ratito por el hermoso barrio de antiguas viviendas de veraneo de las clases pudientes madrileñas, hasta llegar a la senda por la que iniciamos el ascenso hacia la cumbre.

Afortunadamente, casi todo el camino transcurrió entre las sombras de los pinos silvestres, robles y fresnos, pero también de hayas, alerces y otras especies ignotas por estos lares hasta su introducción por los ingenieros agrónomos que tuvieron su Escuela y su campo de prácticas en este municipio a finales del siglo XIX.

El esfuerzo del ascenso tuvo una parcial recompensa, ya que la bruma de polvo africano nos velaba parcialmente las magníficas vistas que se ofrecen desde la cruz de Rubens. Aún así, El Escorial se nos mostró con toda su grandeza, como a Rubens y Velázquez, podríamos decir, si no fuera por los estragos de la devoradora fiebre constructora en su entorno. En la fuente del Ceburnal, a la sombra de un pino y sobre los blandos pastos que dan nombre al manantial, disfrutamos del merecido tentempié y de las frescas aguas serranas, antes de proceder al descenso de vuelta hacia nuestros vehículos. Cansados, pero más sabios, como siempre que se sube un cerro y se alcanza la cumbre.

 

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